Será una vez que ganaremos, porque La Casika es invencible.

De las innumerables cosas que a lo pobres nos han quitado, una de las más dolorosas es la posibilidad de hacer memoria, y con ella, de construir realidad.  Debajo del discurso oficial de lo que pasa, pasan muchas más cosas, también muy importantes: luchamos, desarrollamos alternativas, nos levantamos de golpes duros y a veces también, aunque  cueste creerlo, disfrutamos de pequeñas victorias. Pero hasta que no ganemos definitivamente,  nuestra historia no la contará nadie, y los momentos se perderán como lágrimas en la lluvia, que decía el replicante Roy Batty en Blade Runner.

Permitidme imaginar por un momento que sí ganaremos, y hablar, como si hubiéramos vencido, del acontecimiento más importante que ha ocurrido en Móstoles en los últimos 15 años: la existencia de La Casika. Hablaré de él desde el corazón, porque se trata de un lugar que amo. Si Móstoles tuviera un tesoro, sin duda sería su patio, donde tantos nos hemos enamorado tantas veces: allí perdí la cabeza por una chica, di el primer concierto de mi grupo de música, supe de la noticia más importante de mi época  (el  pico del petróleo)  10 años antes de que hablaran de ello en las universidades, y sentí muchas veces la piel de gallina al comprobar y participar de nuestras posibilidades reconquistadas. Y sé que mi historia es una de miles, igual de especiales, igual de intensas.

Dispuestos a soñar, pero siendo realistas, en el 2040 un libro de historia de Móstoles podría estar escrito en estos términos:

“A finales del siglo XX y principios del siglo XXI, la burbuja económica que vivía el extinto Reino de España se reflejaba también en una enorme burbuja de mentiras. El espectáculo conspiraba para hacer creer al pueblo de Móstoles que un jugador de fútbol o el presentador de un concurso eran motivo de orgullo local: supuestos hechos importantes que compensaban la sordidez de la vida diaria.  Pero debajo de sus cortinas de humo mediático,   el viejo topo de la revolución  seguía su trabajo. Y una de sus madrigueras estaba en una okupación, La Casika,  en la calle Montero nº 15.

Decía un viejo cuento galés que al perder el clavo se perdió la herradura, al perder la herradura se perdió el caballo,  al perder el caballo se perdió la batalla, al perder la batalla se perdió la guerra y con la guerra se perdió el reino.  Con La Casika en Móstoles ocurrió exactamente lo contrario. La Casika fue, durante muchos años,  el clavo firme que sirvió para mantener unida la herradura de ese pequeño caballo que era la lucha anticapitalista en el cinturón rojo de Madrid.

La Casika permitió plantar batalla al fascismo en los años 90,  lucha muy dura a pie de calle que cortó de raíz a la extrema derecha de nuestro barrio. La Casika sirvió de espacio para la actividad de decenas de colectivos que fueron abriendo conciencia y camino entre las mostoleñas y los mostoleños, y se volvió fundamental como herramienta con la que hacer frente a la intensa  represión de aquellos años difíciles. También funcionó como trampolín, gracias al cual muchos otros proyectos autogestionados de Móstoles pudieron dar sus primeros pasos.  Tras la explosión del 15M, La Casika ofreció una cobertura esencial. Y cuando la gente comenzó a organizarse para enfrentar graves problemas sociales mediante la acción directa colectiva, como los desahucios de sus viviendas, La Casika tuvo abiertas sus puertas abiertas.  Finalmente La Casika,  que con su alegría y su sentido común era un ejemplo de convivencia revolucionaria, sirvió de modelo para todo el movimiento de Madrid, donde  los colectivos estaban enfangados en peleas de secta por detalles minúsculos, y los arrastró a un entendimiento fértil que resultó imprescindible para articular tantas ideas de cambio tan distintas.

En el punto en que el colapso del capitalismo se volvió  intolerable, La Casika había creado ya en nuestra ciudad un sustrato rebelde con raíces profundas, que sin duda fue decisivo al llegar el momento que todos conocemos: la gran  revuelta popular que tumbó el régimen de 1978,  erupción que inauguró el actual proceso de transición social del que la Federación Asamblearia de Comunas Ibéricas es hija. La Casika fue, sin duda, uno de los embriones pioneros de  la aventura colectiva en la que hoy estamos inmersos,  en pos de un mundo sin capitalismo, sin patriarcado, en decrecimiento energético…”

Esto relato utópico es sólo un cuento que todavía está en marcha, y cuyo final feliz el poder se ha propuesto impedir de modo tajante.  Como es sabido, dos compañeros escogidos al azar por la policía se enfrentan a un juicio  en el que, para tener derecho de defensa, tienen que presentar como aval, en concepto de caución, una suma de 18.000 euros, dinero que hay que recaudar en menos de un mes. Definitivamente la democracia, con la que tanto se llenan la boca, es una palabra que les queda demasiado grande.

La obsesión y el ensañamiento del Ayuntamiento de Móstoles con La Casika no es sólo codicia especulativa mezclada con resentimiento político. De fondo hay algo mucho más importante.  Desde los medios de comunicación nos bombardean, desde hace años, diciendo que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Aunque de una manera completamente distinta,  La Casika nos ha permitido, a miles, hacer algo mucho más importante, valiente y hermoso que vivir por encima de un sueldo. Y eso ha sido vivir por encima del destino. Que los pobres tengamos la desfachatez de atrevamos a ser lo que queramos ser, y no lo que nos obliga nuestro destino socio-económico, eso es algo que el Poder sencillamente no pueden soportar.

Hablo de pobres porque sus migajas, cada vez más insignificantes,  ni nos compensan ni nos engañan. Hay muchas formas de pobreza que no reflejan las estadísticas: un cáncer terminal unos meses antes de una mísera jubilación;  la imposibilidad de hacer planes a largo plazo al tener que saltar de trabajo de mierda en trabajo de mierda; el envenenamiento de la comida transgénica a la que estamos condenados con nuestros escasos ingresos;  días tan largos muy lejos de casa de los que volvemos sin fuerzas ni para hacer el amor;  que la única manera de sentirse vivo sea espiando la vida de las estrellas que viven por nosotros, a través del ojo de cerradura de una película, un partido de futbol o un programa de televisión. Además ya sabemos que el siglo XIX con su  vieja pobreza, la de comida, techo, ropa, salud y calor en invierno, es la última moda del capitalismo, y que ha venido para quedarse si ni ponemos remedio.

Pero lo importante es que, en un sitio como La Casika, los pobres descubrimos que somos inmensamente ricos. En La Casika las celdas de nuestras pequeñas y miserables vidas privadas, que si están privadas de algo es precisamente de vida, se diluyen, y nos encontramos frente a frente, de igual a igual, en el esfuerzo común. Ese es el secreto de un lugar como La Casika: en ella el problema personal de cada una y de cada uno se torna remedio colectivo. Y si hay algo que desde siempre  a los pobres nos ha permitido romper las pautas,  lograr lo improbable y hacer historia, eso ha sido, es y será la fuerza del nosotros.

Si mi hijo no puede jugar en el patio de La Casika, un sitio como Móstoles no merecerá ni un mínimo de aprecio. Pero eso no pasará. Porque La Casika es mucho más que cuatro muros que una orden judicial pueda desalojar. La Casika es un pueblo que se descubre a sí mismo y se enamora de su  inmenso potencial,  sistemáticamente negado.  Que crece y que madura en rabia, en amor y en solidaridad. El mismo pueblo que va a poner encima de la mesa 18.000 euros  escupiendo en la cara de su Estado de Derecho amañado. El mismo pueblo que impedirá el próximo 18 de Enero, con una manifestación como no se ha visto jamás en Móstoles, que La Casika sea desalojada. La Casika somos ese pueblo que, en caso de que fallamos con  la puntería y  nuestras hondas no puedan parar a Goliat, sabremos convertir la defensa de nuestra casa, porque La Casika es la casa del pueblo,  en una oportunidad para volvernos más fuertes, más inteligentes, más audaces. Y si un día La Casika ya no está donde hoy está, habrá otras 10 Casikas en otros lugares de Móstoles, que cogerán el testigo y continuarán el complot. Sencillamente cacicoides de tres al cuarto y demás morralla del ayuntamiento, llegáis tarde, porque la semilla ha germinado. Y más pronto de lo que os imagináis, esto os desbordará. Tenéis los años de privilegios contados.

Sé que parece imposible, pero ganaremos. Y es que aunque los buitres logren salirse momentáneamente con la suya gracias al amparo de leyes injustas, La Casika es invencible.

Publicado originalmente el 4 de Enero de 2014 en Voces del Pradillo.

Canción "Apoya, defiende, ama" Fonky Drama con Xisela y Punto de Fuga.
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