Las ruinas de la Atlántida obrera

Si el territorio que se extiende al sureste de la estación de Atocha es sentido como una boca de mar, que se abre en abanico a medida que avanzan las vías de tren, sepultadas bajo sus aguas podemos encontrar las ruinas sumergidas de una Atlántida obrera: la “bolsa de deterioro urbano” (según el ayuntamiento de Madrid) que se extiende alrededor de la calle Méndez Álvaro y otras aledañas en su vertiente norte (Leganés, Alamedilla, Alberche, Alpedrete).

En su día, este espacio formaba parte, como una prolongación norteña, del distrito industrial más importante de la capital, el barrio de Arganzuela, que concentraba algunas de las fábricas de mayor peso económico de la ciudad, como El Águila y la Standard Eléctrica, S.A. Surgido de la evolución del Peñuelas, el suburbio proletario de Arganzuela combinó durante décadas, y de forma anárquica, los barracones con las viviendas, las fábricas y los pequeños huertos familiares. Gracias a la influencia del ferrocarril, las  intenciones urbanísticas iniciales del plan de ensanche burgués de 1860 cambiaron  hasta configurar  un arrabal obrero.

Los dioses griegos castigaron al imperio atlante haciendo desaparecer la isla bajo el océano. El pecado proletario fue simplemente existir. Los años 60 y las complejas redes no lineales de causas y efectos que atraviesan la guerra de clases. La virulencia de la lucha autónoma en el complejo de la Fiat en Turín volvió urgente las disposiciones del Plan General de Urbanismo de Madrid de 1963, que dirigió un cambio de uso del suelo de toda la zona que baja al Manzanares, expulsando las fábricas primero a la corona metropolitana y luego, tras la bajada de los precios del petróleo con la puesta en explotación del Mar del Norte, a Corea del Sur.

Así fue castigada la amenaza  potencial que suponía una bestia obrera durmiendo justo en el borde de la capital del Estado Nuevo,  una bestia siempre tan soberbia en sus momentos de lucidez. No por los dioses, sino por los tecnócratas del franquismo y sus homólogos demócratas mediante un salvaje proceso de “vaciamiento industrial”, tan despótico como tuvo que ser su llenado.  La Atlántida obrera fue hundida, primero por el terremoto de la deslocalización y posteriormente avasallada por el tsunami urbanístico y constructor que acompañó a la burbuja inmobiliaria, ese farol productivo, que ya desde los tiempos de Felipe V  ha envalentonado el desarrollo económico de este cabaret  provinciano que es Madrid. El Corte Inglés de Méndez Álvaro se levanta sobre este cementerio indio, sin que ningún espíritu de los antepasados perturbe la temporada de otoño-invierno.

Partiendo de la estación de Atocha y bajando por la calle Méndez Álvaro, especialmente en su acera norte, todavía es posible reconocer los restos de lo que un día fue Madrid y de lo que un día fue nuestra sociedad, levantada sobre un modelo de acumulación del valor y organización del trabajo que hoy resulta no sólo exótico, sino romántico: “Ha nacido ya un sentimiento gótico de la arqueología industrial que transmuta a la fábrica, a su ruina abandonada, en un nuevo espacio imaginario” (José Manuel Rojo).

La vivencia del espacio se vuelve, en los descampados troceados y las calles destartaladas, casi arqueológica, como si nos desplazáramos entre reliquias.  Construcciones Metálicas Jareño, Flex S.A., Galvanizados Torres están ya demolidos. Los almacenes AGISA todavía resisten dominando el horizonte como un Mamut renqueante. También resiste una anciana,  que se niega a ser realojada y se mantiene tenaz viviendo sola en el número 7 de un edificio que se ha quedado sin calle.

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Una pequeña ristra de casualidades:

Al preguntar a una vecina del edificio carcelario de la EVMS por su antigua vida, nos dijo que siempre había vivido en la calle Canarias. Como es sabido, el archipiélago canario es, según la leyenda, las cimas no sumergidas de los montes de la Atlántida.

No podemos dejar de señalar que Francisco Méndez Álvaro pasó a la historia por ser “el propagandista más decidido y constante del estudio de la Higiene en España”.

La interpretación simbólica de este hundimiento es objetiva: en la puerta de las obra de demolición de la fábrica de la Mahou  se puede leer claramente “viva el mar”.

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