Una corazonada de mar

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“No hay ciudad sin mar, pues aun en las del interior no deja éste de estar presente en ciertas ubicaciones donde la sensación de contigüidad con el fin del mundo nos hace presentir el influjo del mar” Eduardo Abadía Sicilia

Mucho antes de esta cita, lo supe al principio de la adolescencia: el mar, en Madrid, se siente cerca de Atocha, donde el cielo desemboca por fin en el horizonte, y parece que, logrando salvar algunos obstáculos, pronto aparecerá el puerto.

La alucinación persiste a pesar del desgaste de los años. Madrid se abre al mar, es decir, a la exterioridad (o a su deseo o a su ausencia), definitivamente en Atocha.  Desde que se produjo esta visión, siento que Madrid tiene costa, en el sureste, y que Vallecas es una isla. Bastantes años más tarde, un par de descubrimientos. En primer lugar, encontré que la explanada que se extiende encajada  entre el edificio antiguo de la estación y la glorieta de Carlos V tiene el nombre de plaza del embarcadero de Atocha. A las pocas semanas recibí un correo electrónico en el que se me invitaba a una fiesta que hasta entonces desconocía: la batalla naval de Vallecas, porque Vallecas es puerto de mar (y cuenta incluso con su propia cofradía marinera).

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