Anarquía en acción -reseña-

Dentro de las izquierdas resulta común reprochar a los anarquistas su utopismo y su falta de sentido práctico. Aferrados a la Idea, como se decía en el siglo XIX, y sus difíciles condiciones de aplicación (abolición del Estado y rechazo de cualquier colaboración con sus instituciones, descentralización local y negación de la representación política, replanteamiento radical de todas las relaciones de poder), pareciera que los libertarios están condenados a la eterna frustración.Esto los convertiría en una suerte de sujeto quijotesco y atrapado, condenado a repetir rituales valientes, honestos y de alta ejemplaridad moral, pero cada vez más alejados de una incidencia histórica real. De este modo, a medida que ha ido transcurriendo el siglo XX,  la actividad anarquista ha sido para muchos progresivamente rebajada a una suerte de folklorismo revolucionario, que en el mejor de los casos  podrá jugar un papel (fundamental y muy poco valorado a nuestro juicio) de revulsivo ético y polo de tensión en pos del cambio popular, pero que estaría condenada, y cada vez más, a que se le escapasen las teclas en las que tocar la melodía de una transformación social realista.

 Es innegable que el movimiento libertario es amplio, y no carece de grupos que cargan, a veces trágicamente, con la contradicción más profunda del anarquismo, que es a la vez su grandeza, como supo ver Debord: creer que el fin de la revolución social, una sociedad sin clases y sin Estado,  es un acontecimiento viable en el presente, y por tanto siempre posible. Sin embargo, también abundan posturas menos deudoras de un planteamiento filosófico que apunte a la totalidad, y por tanto menos escrupulosas en sus desarrollos prácticos. Anarquía en Acción de Colin Ward,  un libro que editó en el año 2013 Enclave de Libros recogiendo materiales publicados por Ward en las revistas Anarchy y Freedom, es quizá la obra más completa y coherente de lo que podría llamarse el pensamiento anarquista pragmático.

Ward parte de una premisa fundamental: la anarquía no es una meta, una sociedad futura que sólo se alcanzará tras una ruptura revolucionaria casi imposible, sino que la anarquía es una realidad en el aquí y el ahora. Por anarquía entiende Ward básicamente un modelo de organización social basado en la autogestión, la cooperación y la autonomía y el rechazo a la jerarquía. De este modo, y tomando el testigo de la filosofía de la historia de Kropotkin (que concibe el desarrollo evolutivo humano como un péndulo en conflicto permanente entre la tradición imperial y la tradición federal y popular), Ward defiende que:

 “Una sociedad anarquista, una sociedad que se organiza sin autoridad, existe desde siempre, igual que una semilla bajo la nieve, sofocada por el peso del Estado y de la burocracia, del capitalismo y sus despilfarros, del privilegio y sus injusticias, del nacionalismo y sus lealtades suicidas, de las diferencias religiosas y su separatismo supersticioso (…). El anarquismo, lejos de ser una visión especulativa de una sociedad futura, es la descripción de un modo de organización humana, enraizado en la experiencia de la vida cotidiana, que opera junto a, y a pesar de, las corrientes autoritarias dominantes en nuestra sociedad”.

Esta tesis Ward la fundamenta de un modo sólido recurriendo a diversas fuentes. Una de ellas es la propia tradición anarquista, rescatando fragmentos de las obras de Goodman o Kropotkin que ayudan a pensar la anarquía no como un orden social inédito, sino como un ámbito de acción ya existente que los anarquistas tienen que intentar extender hasta abarcar el mayor conjunto de relaciones sociales posibles. Otra fuente son descubrimientos en campos científicos diversos, como la etnología, la psicología o la cibernética, que confirman que los modos de organización descentralizados tienen una serie de ventajas evolutivas sobre los modos centralizados y autoritarios. Finalmente, y es uno de los mayores atractivos del libro, Ward tira de lecciones de la experiencia práctica del movimiento anarquista, o iniciativas de un espíritu libertario innegable, cuyo redescrubimiento sigue iluminándonos ante los retos actuales. Algunas entran dentro del campo de imaginación del antagonismo clásico, como las okupaciones masivas de viviendas del año 1946 en Inglaterra, parques infantiles como los de Empdrup, Freetown o The Yard, la revolución sexual o las Claimant´s Unions que promovieron la autoorganización dentro del sistema de seguridad social británico de posguerra. Otras, siguiendo la idea central del texto, encuentran principios de organización libertarios, ya en práctica, en instituciones muy cotidianas, como el servicio de salvamento marítimo o el sistema internacional de correos. También en el marco de realidad políticas consolidadas, como el federalismo cantonal suizo.

Es este constante aterrizaje en la experiencia y los hechos concretos lo que dota al libro de una riqueza que lo hace esencial para el movimiento anarquista en el presente: en un momento histórico en que una parte importante del ámbito libertario se ha decidido a  intervenir en la realidad e influir en las turbulencias sociales en marcha aún a riesgo de perder seguridades ideológicas,  Anarquía en acción está plagado de ejemplos fructíferos que nos enseñan que es posible ampliar, y mucho, el peso de la autoorganización como lógica social.

Pero el valor del libro va más allá de la capacidad de inspiración que dan los hechos concretos. A partir de estos hechos, también plantea nuevas perspectivas a viejos debates cuyo posicionamiento condiciona todo lo demás. Un ejemplo entre muchos es la polémica revolución-reforma, que divide de modo cainita los movimientos emancipadores y en la que Ward es capaz de introducir un nuevo enfoque superador de las viejas dicotomías:

“No existe una diferencia entre revolución y reforma, sino, de un lado, entre el tipo de revolución que instala a un nuevo gobierno de opresores o el tipo de reforma que hace la opresión más eficaz; y del otro lado, aquellos cambios sociales, ya sean revolucionarios o reformistas, a través de los cuales las personas amplían su autonomía y reducen su sometimiento a la autoridad externa”.

En su conjunto, se trata  seguramente una de las publicaciones más importantes para la práctica anarquista de las últimas décadas, porque todo en ella conspira para ser más que un libro y convertirse en una herramienta que facilite proyectos libertarios viables y muy necesarios en un contexto como el del crack civilizatorio que nos impone el capitalismo terminal. Su carácter contagioso se percibe incluso en el tono emocional que genera su lectura, que es una suerte de ardor impaciente, impaciente por dejar el libro y pasar a la acción. Dice Ward que la experiencia histórica demuestra, y demostrará siempre, lo rápido que se puede vencer la desmoralización. Un ejemplo de ello es esta recopilación de artículos, cuya simple lectura abre una bocanada de esperanza en medio de la derrota claustrofóbica en la que engañosamente nos sume el capitalismo, esperanza que además tiene el enorme valor de no venir de la voluptuosidad de la literatura revolucionaria, sino de la más convincente de todas las lecciones: la de la experiencia cotidiana.

 

Emilio Santiago Muiño, 2 de Julio 2014.

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