A 150 años de la I Internacional: reflexiones para la superación del divorcio socialista

Desde que comenzó el año 2014, aquellos que organizan las modas intelectuales y el clima del debate público no han dejado de insistir en recordarnos una efeméride importante: el centenario del estallido de esa catástrofe humana que fue la I Guerra Mundial.  Hay que reconocer que, contra lo que muchos ingenuos podían pensar hace diez años, época en la que Europa se entregaba feliz a las mieles envenenadas de la integración neoliberal, el aniversario tiene una trágica actualidad: la crisis civilizatoria, especialmente la energética (en 2006 hemos sobrepasado el pico del petróleo convencional, conviene recordarlo) está reactivando el choque de las placas geopolíticas, tanto en Europa como en el mundo, reabriendo viejas heridas y desencadenando una escalada bélica que cuesta saber a dónde conducirá. Pero no deja de ser significativo el silencio mediático sobre otro importante aniversario, precisamente porque al igual que en el siglo XXI asistimos a un retorno sombrío de la guerra entre naciones, también llevamos varios años asistiendo a un esperanzador ascenso de la guerra de clases, al menos en un sentido popular, pues desde la posición de las élites, la guerra de clases nunca se abandonó como confesó el multimillonario Warren Buffett: “claro que hay guerra de clases y la estamos ganando nosotros”.

Esta fecha es el 150 aniversario de la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la famosa Primera Internacional, cuya conferencia preliminar para preparar el I Congreso concluyó, después de varios días de trabajo, un 28 de Septiembre de 1864 en el teatro St. Martin Hall, en Londres. La AIT tuvo varias particularidades que merece la pena señalar: además de ser la  primera plataforma que reunía al proletariado organizado de toda Europa, era una realidad híbrida, tanto en lo organizativo, pues agrupaba a sindicatos, asociaciones obreras y partidos (un partido, el socialista Alemán) como en lo ideológico (conviviendo en ella distintas corrientes de pensamiento socialista). Esta diversidad pronto la consumió en peleas intestinas, pero en su corta vida el impulso que la AIT dio al movimiento obrero fue inmenso. Sin duda, mucho de lo mejor que todavía tiene la vida moderna se lo debemos a la lucha contra el capitalismo que emprendieron estos pioneros.

Creo que el estudio de la historia tiene un interés secundario si no otorga herramientas para hacer historia. Ese es su principal valor. Recordar hoy a la AIT sería una tontería si se hace desde la nostalgia. Nos interesa sacar lecciones de su experiencia y aplicarla a nuestro contexto.Es sabido que la Internacional estalló por la guerra interna entre Marx y Bakunin, guerra que luego dividiría el socialismo en dos grandes familias, la marxista y la anarquista. Luego cada facción fue fragmentándose a su vez en otras tantas facciones a partir de los muchos cismas a los que las izquierdas se entregan con una pasión patológica (sería interesante estudiar el porqué de esta tendencia a la depuración y la división en los movimientos de izquierda revolucionaria, que más allá de coyunturas materiales y sociales importantes, sospecho que no deja de estar ligada a la influencia de ciertos planteamientos filosóficos, especialmente Hegel).

El punto de fricción entre los frentes bakunista y marxista fue la estrategia, y más concretamente el Estado: su toma o su destrucción de cara a realizar una revolución social. Curiosamente, Bakunin y Marx tenían una meta compartida: ambos afirmaban, con razón, que una sociedad sin clases es una sociedad sin Estado, porque el Estado no puede ser de todos, y en cualquier sociedad estatal hay al menos dos clases: dirigentes y dirigidos. Pero discrepaban en el método: mientras que Marx defendía que la única forma realista de llevar a buen puerto la revolución era tomando el Estado y poniendo su fuerza al servicio del proletariado, Bakunin creía que era preciso destruir el Estado y construir una sociedad libre desde el primer momento, pues el socialismo desde el Estado degeneraría en un régimen de brutalidad y esclavitud. Los hijos de Bakunin y los hijos de Marx siguen hoy peleándose por los platos rotos de un divorcio maldito. A grandes rasgos el debate continúa estancado en el mismo punto que hace siglo y medio.

 Como es la historia la que juzga la verdad de las ideas (el algodón de la historia no engaña), y como tenemos ya el siglo XX a la espalda, podemos llegar en este tema a algunas conclusiones de consenso para intentar avanzar: cada una de las posturas tenía una parte de razón y, por consiguiente, cada una había cometido un error.

La primera lección de la historia es que cualquier ruptura revolucionaria ha tenido que cristalizar en última instancia en un Estado, o algo muy parecido, para ser viable (un ejército insurreccional, aunque sea de milicianos, es un Estado en fase embrionaria: una institución que busca monopolizar la violencia en un territorio). Esto ha pasado por una necesidad defensiva: las revoluciones despiertan enemigos muy poderosos, tanto dentro como fuera de las propias fronteras, enemigos que no dudan en utilizar las armas para conseguir frenarla. La segunda lección de la historia es que todos los procesos revolucionarios estatales han generado una casta burocrática que ha terminado secuestrando la revolución al servicio de sus privilegios, además de una manera tenebrosa. Esta lección la resumió magistralmente George Orwell en una fabulita de vigencia  universal que se llama Rebelión en la Granja.

En parte esta contradicción ha animado a muchos socialistas a dejar de ser revolucionarios, creyendo en un reformismo que aspira a infiltrarse poco a poco en el Estado para transformarlo dentro de sus reglas. La lección de la historia también es amarga para la vía socialdemócrata: en cuanto el farol revolucionario despareció, que es el que daba miedo a las élites capitalistas y permitía que cedieran y compartieran algo de poder para no perderlo todo, el reformismo de izquierdas se volvió imposible. Y con intención de seguir gobernando los socialistas, que ya habían dejado de ser revolucionarios, dejaron también de ser socialistas. Ocuparon su hueco los viejos leninistas se volvieron socialdemócratas, y todo el espectro político se corrió a la derecha. Algo parecido pasó con muchos anarquistas: aunque una pequeña parte se mantuvo anclada en el Ideal, no deja de ser un grupo cuantitativamente testimonial. El espíritu anarquista se desplazó a los nuevos movimientos sociales, cuya beligerancia y cuestionamiento del orden social tiene un perfil mucho más bajo.  El resultado final es nuestro presente: una enorme crisis de civilización, que nos ha puesto en el abismo del colapso, y ninguna estrategia clara para forzar una salida rupturista al servicio del interés de la gente común y corriente.

En resumen, la historia nos pone frente a una verdad poco discutible: la emancipación social no puede darse desde el Estado ni tampoco obviándolo o dándole la espalda, haciendo como si no existiera. El anarquista inglés Colin Ward plantea de forma brillante una vía de solución. La anarquía ya está aquí. Es una forma de organización basada en el principio social que se enfrenta al principio político: cooperación, reciprocidad y apoyo mutuo frente a dominio y jerarquía. La misión revolucionaria no estribaría tanto en sustituir completamente el principio de político por el principio social, que es seguramente una quimera, sino en ganarle terreno extender hasta donde sea posible la solidaridad, la asamblea y el federalismo organizado de abajo-arriba.

Y no sólo es posible extender la autoorganización de la sociedad, sino que es imprescindible para lograr una ruptura real con el capitalismo y su desastre. Y es que el Estado no sólo se ha comprobado como un monstruo cuando ha pretendido sustituir a la sociedad, como ha pasado en los socialismos de origen bolchevique. Es que también el Estado es cada vez es menos capaz de hacer lo que pretende. Hemos asistido a una pérdida de poder por parte de los Estados en general, y la política en particular, en las últimas décadas (el famoso socavamiento de las soberanías nacionales). Aunque el neoliberalismo ha tenido parte de culpa, y un cambio de ciclo político podría revertirlo un poco, las causas de esta impotencia son más profundas. Tal y como está construido, el Estado moderno depende de la recolección de impuestos para funcionar, y esta del éxito de la economía nacional en un juego que es mundial, el de la acumulación de capital y el crecimiento económico, del que no se pueden dictar las reglas en los parlamentos. Y las reglas en el siglo XXI son que el crecimiento está bloqueado, y por tanto los presupuestos de los estados en contracción permanente. Esto se debe, simplificando mucho, al agotamiento de las materias primas básicas (energéticas y minerales) y a las contradicciones que implica que cada vez se necesite menos trabajo para ser competitivos debido al desarrollo tecnológico.

La conclusión es que mientras el Estado sea una institución que dependa del dinero para funcionar, y el Estado no puede “inventarse dinero”, su margen de acción estará muy condicionado. Por eso, y porque una sociedad no se trasforma con decretos y leyes sino con cambios en las formas de vida, cambios que son de naturaleza sociales y cultural (el modo en que nos relacionamos, consumismos, imaginamos, deseamos), necesitamos una fuerza ajena al Estado que sea capaz de empezar a organizar la vida de otra manera (desde la economía a la cultura). Este es el papel fundamental del tipo de movimientos sociales que, de una u otra manera, están inspirados en la estrategia anarquistas (y que desborda con mucho el anarquismo “de etiqueta”; el 15M tuvo una estrategia anarquista aunque sus planteamientos eran más bien socialdemócratas; otros muchos movimientos sociales, como el ecologista, tienen fundamentos organizativos libertarios).

Pero a la vez, si no somos capaces de mirar a los ojos del enemigo, si no nos ponemos a la altura del legado perverso de lo que este mundo es (y no como nos gustaría que fuera), nuestra lucha será insignificante,  un aborto que se quedará en algún punto entre lo testimonial y el martirio. Este mirar a los ojos del enemigo significa reconocer que hay infinidad de ámbitos a los que la autoorganización popular no llega ni llegará nunca: ni las grandes infraestructuras materiales de la sociedad industrial, que habrá que asumir incluso para cuestionarlas;  ni las sumisiones al comercio internacional que exige nuestra dependencia de materias primas lejanas; ni las altas densidades de población fragmentadas en un jeroglífico cultural irresoluble, ni la escasez de recursos básicos, el cambio climático o la superpoblación; ni los cientos de millones de armas en circulación disponibles para chantajearnos unos a otros; ni la geopolítica internacional y la guerra; ni a la defensa frente a los ataques de las élites socio-económicas que utilizan el Estado para perpetuar sus privilegios, siendo incluso capaces de implantar una dictadura cuando se sienten amenazados. Para enfrentar todas estas cosas, la autoorganización popular no basta. A la vez, incluso en aquellos terrenos donde sólo los movimientos sociales pueden hacer algo sólido (desde el cooperativismo hasta el sindicalismo,  pasando por la okupación de viviendas o el cuestionamiento de un modelo de deseos y necesidades teledirigido por un consumismo insostenible) un Estado que nos permita existir, que facilite nuestro trabajo, es mucho más interesante que uno que nos meta en la cárcel o nos ponga la zancadilla en forma de decreto ley u ordenanza municipal.

De esta manera, no sería utópico imaginar un escenario en el que las familias socialistas pudieran firmar una paz precaria pero fértil: una estrategia dual basada en una simbiosis entre ambas posturas, la de la  toma del poder político (con vistas a transformarlo, por supuesto, luego me detengo un poco más en esto) y la de la acción autoorganizada de movimientos sociales autónomos. Cada una de las partes asumiría la tarea del cambio social en la que realmente funciona, retroalimentándose con la otra y, a la vez, cada parte serviría de contrapeso a las degeneraciones de la otra. Esta paz en un país como este es especialmente difícil, porque las izquierdas revolucionarias vienen de una guerra civil propia, la que tuvo lugar dentro del bando republicano durante la Guerra Civil, en la que muchas, muchísimas cosas se hicieron mal. Las heridas no están cerradas, y los recelos mutuos perviven de modo justificado.

Sin embargo, la necesidad de algo parecido a esta simbiosis es cada vez más evidente: podrían ponerse encima de la mesa decenas de experiencias autogestionadas locales, del tipo ecoaldeas o pueblos recuperados, que son modélicas tanto en su apuesta productiva como en su autogestión y su democracia directa, pero que quiebran por no tener capacidad de intervenir en esas escalas más grandes que también les afectan. Por ejemplo la implantación de una industria cien kilómetros río arriba que arruina sus aguas de riego. Otro ejemplo llamativo es pensar en el negro futuro de todo el movimiento neorrural navarro o aragonés si desde Madrid finalmente se aprueba explotaciones de fracking en toda la franja norte peninsular, decisión en la que poco podrán influir desde su asamblea local, si acaso resistir y con muy pocas perspectivas de victoria. Y desde el otro lado, la historia está llena de ejemplos de “asaltos institucionales” que quedaron perfectamente integrados dentro del mantenimiento del estatus quo reforzándolo (desde los Verdes alemanes hasta el caso de la transición española). Y esto sucedió en la medida en que los asaltantes no tuvieron una fuerte presión externa que impidiera,  o al menos dificultara, las trampas que pone el poder. Trampas que van desde la  corrupción personal hasta los chantajes del pragmatismo, que son causados en última instancia por aceptar jugar dentro de sus reglas de juego sin cubrirse las espaldas con una fuerza social que, paralelamente, está empujando para romper el tablero.

Este planteamiento también ayuda a entender otra clave: asaltar las instituciones implica hacerlo para transformar, en primer lugar, las propias instituciones.  Si el Estado no puede ser de todos, y eso es evidente, es tarea prioritaria de aquellos que vayan a por él convertirlo en algo de muchos. Al menos de muchos más de lo que ahora es. Un proyecto político anticapitalista tiene que hacer, entre sus primeras, tareas una reforma radical de las estructuras del Estado. Esto hay que hacerlo para dispersar el poder y abrir poros y fisuras por los que penetre la sociedad. De manera concreta, dispersar el poder en Estados modernos significa dos cosas: una fuerte inyección de mecanismos democráticos en todo el aparato institucional, incluyendo herramientas de rendición de cuentas y  revocabilidad durante los mandatos políticos, y una descentralización radical de las instancias de decisión, con importante traspaso de competencias al poder municipal (que es el único ámbito donde la democracia puede ser más directa). Con esta apertura participativa de los candados del Estado, las posibilidades de simbiosis entre gobiernos y movimientos sociales autónomos se multiplicarían.

Esta interrelación complementaria no dejará nunca de ser tensa, muy conflictiva, problemática. Y eso es lo deseable, pues si no fuera así perdería su  eficacia. Esto debe de quedar muy claro. No se habla de unidad de acción, sino de simbiosis, con cada parte manteniendo su autonomía, y cuando sea necesario, su beligerancia. Es importante remarcarlo porque resulta demasiado fácil que el Estado haga un uso instrumental de los movimientos sociales y anule por completo su capacidad real intervención, como hizo el PSOE durante la transición. Así por ejemplo, y como ocurre en algunos procesos constituyentes andinos, lejos de una sumisión de los movimientos de base a las instituciones,  estos movimientos deben estar siempre dispuestos a poner a las instituciones contra las cuerdas mediante la conflictividad social, logrando en numerosas ocasiones que su gobierno dé marcha atrás.  Que un programa de cambio desde el gobierno pueda ser mínimamente radical y no una cortina de humo depende, íntegramente, de que sus electores no se reduzcan a una comparsa dócil y a escenografía para mítines. Y que por tanto sean capaces de plantar cara al gobierno sin ceder al chantaje del ciclo electoral. Por ejemplo con una huelga general o un corte de carreteras. O mejor todavía, que esta base electoral sepa adelantarse a sus representantes institucionales mediante hechos consumados, como  la ocupación de un bloque de viviendas, un latifundio o el establecimiento de un tejido regional cooperativo autogestionado  en materia de soberanía alimentaria.

Se trata, al final de asumir  una cierta esquizofrenia. No podemos perder un horizonte de crítica más amplio y si se quiere maximalista, ese que nos recuerda, con razón, que el Estado es parte del problema. Pero al mismo tiempo no podemos pretender afrontar una crisis civilizatoria sin usar, en parte, las herramientas del Estado. Sin embargo, es posible que todo anticapitalismo sea esquizofrénico: al fin y al cabo estamos obligados a pensar, a hablar y actuar desde ideas, lenguajes, hábitos e instituciones que ha generado el capitalismo.

Por suerte, la propuesta de la simbiosis no es una ocurrencia iluminada, sino algo que está en el aire. Cada vez más personas situadas a ambos lados del divorcio que tuvo lugar con la quiebra de la I Internacional se dan cuenta que un cambio civilizatorio que supere el sistema capitalista requiere combinar una fuerza política con una fuerza social, aunque esto sea difícil y no esté exento de riesgos.  Resulta interesante, por ejemplo, que una realidad como PODEMOS, que hace unas décadas tendría un carácter explícitamente leninista (de partido de vanguardia), hoy para tener legitimidad tenga que bregar con un proceso de diseño orgánico muy complejo que asegure dosis respetables de participación de las bases. Esto es un gol que el espíritu libertario ha marcado en la reconfiguración del sentido común transformador que necesita el siglo XXI. A la vez, es curioso  que mucha gente del universo libertario, si no se ha decidido a participar en estos procesos de asalto institucional desde abajo, al menos esté dispuesta a tolerarlos como un experimento que merece la pena respetar.

Dicho esto, un matiz importante para ir terminando. Por eficacia, y no por reparos morales como suele ser común en el discurso libertario, me parece imprescindible mantener una postura muy crítica con las estrategias institucionales. Ante una crisis socio-ecológica que nos pone en riesgo de colapso hay demasiado trabajo no político que hacer. Y  sin embargo, la gran mayoría de las personas que apoyan un cambio social están seducidas por el fetichismo institucional y la erótica del poder.  El fenómeno PODEMOS es una muestra clara de este estado de ánimo colectivo, mucho más proclive a la estrategia de la toma del Estado que a la autoorganización y la autogestión local.

Sin embargo, la ilusión electoral, si no es contrapesada por una fuerte organización del escepticismo electoral (ese que impulsa a la gente a buscar soluciones sin esperar a que un gobierno las ofrezca) va a llevarnos al peor escenario posible: tras la decepción que supondrá la toma del gobierno rupturista, el turno será el del fascismo. Y es que aunque en muchos aspectos se pueden conseguir cosas desde las instituciones, la decepción es una verdad anunciada. Al menos en lo que se refiere  a cambios económicos que permitan volver a los niveles de consumo del año 2006. Si una hipotética y todavía muy lejana victoria electoral de las fuerzas alternativas no estuviera acompañada de una auténtica ebullición social, el recorrido de esta victoria será corto. Si además esta ebullición social no ha asumido la necesidad de cambiar y redefinir los estándares de vida para adaptarlos a la crisis socio-ecológica que nos viene encima, cosa muy difícil si lo que se busca es la generación de grandes mayorías desde la hegemonía imperante, el péndulo de la rabia se desplazará hacia otros: aquellos que no tienen problemas éticos y políticos en desencadenar un genocidio o una agresión militar para volver a la opulencia perdida.

Actualmente, no tenemos ninguna de estas dos cosas. La fuerza social que debería bullir fuera de las instituciones no puede ser otra que aquella que impulsó el 15M hace tres años. De aquel incendio quedan focos intensos pero dispersos, muchos en proyectos de luchas específicas (vivienda) o de construcción de alternativas (cooperativismo). Otros en la vía institucional, como las candidaturas municipales o PODEMOS. Pero importantes zonas de este fuego se han apagado. Más grave es el caso de la crítica al viejo patrón consumista y la aparición de modelos de vida buena que sean austeros,  y por tanto compatibles con la reducción energética y material que nuestras sociedades, sí o sí, van a tener que acometer más pronto que tarde. En ese punto, los avances han sido insignificantes.

Teniendo en cuenta que la aventura institucional se está llevando el gato de los imaginarios antagonistas al agua, es imprescindible mantener vivo un discurso antiestatista firme, pero no dogmático. Un discurso que permita ganar fuerzas para el polo social y autoorganizado del cambio y que, a la vez, se haga en un tono que no cierre puertas a la colaboración necesaria de los movimientos sociales con el polo político-institucional. Además, sabemos de sobra que el poder corrompe y la política partidista es un pantano donde se malogran las intenciones más nobles y se vician los soplos de aire más frescos. Por eso, incluso para que el asalto a las instituciones y su trabajo sucio pueda tener éxito, es imprescindible que mucha gente se quede fuera haciendo el trabajo limpio.

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