Etnografía reencantada de Valparaíso

Etnografía reencantada de Valparaíso

La vivencia poética unitaria sobre la que está realizado este ejercicio etnográfico fue un viaje a la ciudad de Valparaíso, en Chile, el 14, 15 y 16 de Enero del 2009. La experimentación con la técnica etnográfica reencantada fue quizá el motivo principal del mismo, aunque realmente fuimos a rescatar un tesoro que nos debían los días, un tesoro que entrevimos un año antes por los cerros de Valparaíso, en la cuenta atrás del final del verano, caídos en cualquier calle como una fruta madura de luz y de vida,  cuando las caricias y los besos habían aprendido a encontrar el centro del tiempo, que es un ritmo que sabe que sólo se ama aquello que termina.

 En esta fuente tipográfica y con un estilo aséptico, testimoniaremos el aspecto objetivo de esta etnografía, que es su punto de partida esencial, porque, insistimos en ello, el reencantamiento del mundo no es un ejercicio literario, es una experiencia vivencial construida, delirantemente construida si se quiere,  sobre una serie de materialidades reales y no ficcionales.

 Esta otra fuente tipográfica dará cuenta de los fenómenos reencantados.

Efecto caleidoscopio urbano

Hecho objetivo: el trazado urbano de Valparaíso dispone una suerte de enorme laberinto en el que lo enmarañado de sus calles juega con los distintos niveles topográficos de sus muchos cerros. El resultado es un complejo sistema de callejuelas retorcidas, pasadizos, escaleras sinuosas, plazas escondidas y alturas diferenciadas como si la ciudad tuviera pisos diferentes. La aprehensión racional del callejero de Valparaíso es muy complicada. Durante los 3 días que duró la exploración etnográfica, nos resultó extremadamente difícil ubicar un mapa mental, por lo que el callejeo tuvo siempre un componente de desorientación, acrecentado por la heterogeneidad del colorido, en el que cada edificio o casa  posee un color singular.

Podría inspirar un mito: un niño titán confundió un laberinto con una piñata,  y al romperlo, con un terremoto, provocó una ciudad bomba de racimo, una selva despeinada  de serpentinas o calles, escaleras malabaristas, cerros,  casas o caramelos de colores, callejones y pasadizos que quieren ser capilares de un mapa, un arrecife de tejados  puesto a secar a la orilla del pacífico y de la luna austral. Pero si algo define Valparaíso, de manera objetiva,  es el efecto calidoscopio urbano que padece quien la pasea: cada paso, cada mirada, cada parada,  la ciudad, que es un calidoscopio, gira: la combinación de colores y formas se rehace, las posibilidades se han vuelto a multiplicar, los caminos y las rutas se confunden, los ángulos inician un streeptease que no se consumará nunca porque un nuevo giro cambiará el rumbo del baile. El efecto calidoscopio urbano no afecta sólo a los visitantes. Los habitantes de Valparaíso  también viven con ello, y eso explica que su vida cotidiana se haya ido formulando en base al siguiente reto paradójico: como normalizar una sorpresa y una desorientación continua. Resulta bastante habitual que cualquier porteño no regrese a su casa en un par de semanas por el sencillo problema de no encontrarla. Como puede imaginarse, el efecto calidoscopio condiciona la  actividad económica y social de Valparaíso, que resulta disparatada e imposible, mágicamente entregada al azar y la improvisación, y siempre a flor de piel: dormir en la habitación de extraviados allí donde la noche embosca, trabajar sin poder cumplir ningún plazo, no poder concertar una cita y tener siempre que encontrarse a la gente. Este singular fenómeno ha construido la ciudad sobre cimientos sociales en ebullición. En gran parte, todo se vive a la manera de los agitadores rojos antes de la llegada de los ejércitos revolucionarios, mediante relaciones directas, episódicas, contactos no forzados, casualidades. Pasionalmente, la ciudad fomenta una curiosa síntesis: las relaciones son suficientemente fugaces  para ser urgentes e intensas  pero a la vez  lo suficientemente recurrentes para adquirir profundidad.

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La calle Santa Isabel

Hecho objetivo: la tarde del 14 de Enero, en la calle Santa Isabel, una calleja en los alto de un cerro que ni siquiera está asfaltada,  encontramos un zapato abandonado y lleno de polvo. Justo en ese momento, uno de nosotros planteó que, durante la infancia, soñaba recurrentemente con pérdidas de zapatos, y que quizá este era uno de esos zapatos que había perdido. Segundos más tarde, levantamos la cabeza, y al mirar un muro en el  que todavía no habíamos reparado, pudimos leer en un graffiti: “¿Dónde van las cosas del sueño?” Ambos nos quedamos un buen rato sin saber que hacer ni decir, volteados por la casualidad.

No es inusual que un visitante despistado, que no conozca (¿y quién la conoce?) la ciudad, pasee por la calle Santa Isabel, encuentre un zapato, y rápidamente lo identifique con uno de los muchos zapatos que, durante toda la vida, ha ido perdiendo en los sueños.  Entonces levantará la cabeza y leerá en un muro “¿Dónde van las cosas del sueño?”. La casualidad le permitirá comprender sin palabras la verdad: las cosas que se pierden en los sueños van a parar a la calle Santa Isabel de Valparaíso. Y el descubrimiento será el de un tesoro: durante un buen rato rebuscará por los rincones, con distinto éxito, esperando encontrar aquel huevo de dinosaurio,  la llave de esas puertas puestas como menhires en medio del campo que nunca podían abrirse o la boca de esa chica que, justo antes del beso, desaparecía, encontrándose las mejillas en una continuidad de carne. Esta oficina al aire libre de objetos perdidos de los sueños, sin mostrador ni funcionario, resulta ser también  un imán para voyeurs del mundo interior y para niños que fabrican sus propios juguetes reciclando jirones de los sueños de la gente. Algunas personas, que  se han topado con objetos extraños de especial interés, terminan encontrando al amor de su vida siguiendo su rastro.

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El clarificador de identidades.

Hecho objetivo: En un muro de Valparaíso, nos topamos con una pintada que decía sencillamente: soy un niño, junto a un dibujo esquemático.

A pesar de que Holloway ha advertido al mundo sobre los peligros del pensamiento identitario, basado en una fetichización del hacer en el ser, en Valparaíso todos saben que habitar el devenir de forma constante, como se habita en esta ciudad que más que una ciudad parece una fluidez desbordada,  fatiga, marea y a veces oprime.  Surge entonces, de vez en cuando, la necesidad de un gesto imposible,  unas ganas de  quietud que siempre fracasan y generan una dialéctica inútil, hermosa como los intentos de un chaval por cavar un agujero en la playa  hasta las antípodas. A estos efectos funciona el clarificador de identidades. Los habitantes de Valparaíso denominan clarificador de identidades a un muro, que, a lo largo de los años, ha ido adquiriendo una propiedad especial. Tras pasar unos minutos delante de él, el vértigo que uno siente por no ser más que polvo de estrellas que puede enamorarse se disipa. Entonces surge una pequeña luz, un destello revelador, en el que uno hace pie alcanzando  la impresión de no caerse al fondo del universo. Y ese pequeño trozo de realidad sustentante, ese clavo ardiente al que agarrarse, toma forma de un pequeño enunciado con el verbo ser, que la gente escribe ritualmente en el muro.

  • Soy un niño
  • Soy una hoja
  • Soy un viaje en moto
  • Soy una mujer de lana
  • Soy un poco de lluvia puesta boca abajo
  • Soy todo lo contrario a la inmortalidad
  • Soy un sol de medianoche

Una vez escrita en el muro la frase acompaña, como un talismán, durante un tiempo. Sin embargo no pasa demasiado hasta que los habitantes de Valparaíso se sorprenden siendo algo que nunca habían sido, y cuando este desorden (que por otra parte les encanta) llega a angustiar, la visita al clarificador de identidades se repite.

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